Un retrato de familia – Crítica de la película

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Aventurarse a explorar las relaciones familiares a través del cine es algo que se ha hecho en incontables ocasiones, con diferentes resultados. Curiosamente, algo que se ve muy poco son las complicaciones que muchas veces hay en los hogares. Un retrato de familia, escrita y dirigida por Adrián Zurita, es una cinta que durante sus primeros minutos promete explorar las consecuencias de vivir la ausencia de un padre. Pero esa promesa nunca se cumple. Al final, se nos vuelve a contar una historia edulcorada sobre la importancia de la unión entre parientes. Pudiendo sobresalir, la obra prefiere recurrir a un sinfín de clichés para atrapar a la audiencia.

Partiendo de un interesante cuestionamiento sobre cómo usamos nuestro tiempo en la cotidianidad, el filme presenta a Mariano (Humberto Zurita), un alto ejecutivo de una renombrada corporación capitalina. Su jefe, Joaquín (Hugo Stiglitz), decide retirarse y entregarle la dirección general de la empresa. Sin embargo, antes de despedirse, Joaquín pone a prueba al protagonista, preguntándole si en verdad está aprovechando el tiempo que le queda de vida, para pasarla con sus hijas (Ximena Romo, Macarena Miguel, Regina Contreras) y su esposa (Mar Saura). Conmovido por la idea de no estar haciendo lo correcto como marido y como padre, Mariano toma la decisión de tomarse un descanso del trabajo para intentar recuperar lo que, a sus ojos, está perdido.

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Mar Saura, Ximena Romo y Macarena Miguel en la película Un retrato de familia.

Hasta ahí todo bien. Pareciera que esta interrogante existencialista se podría combinar con la comedia para lograr algo interesante y diferente. Pero no pasa nunca. Al final, los varios mensajes que se integran a la narrativa –aquellos que tienen que ver con los planes que tenemos para aprovechar nuestro paso por este planeta– no despegan. Más bien se tornan en lecciones moralinas. Aunque bienintencionadas, no pueden eludir el hecho de estar enraizadas en la idiosincrasia de una sociedad mexicana que ya está desapareciendo.

Hoy, ciertas acciones o diálogos de los protagonistas ya no tienen cabida. Hemos progresado en temas de aceptación de la diversidad sexual o la toma de decisiones juvenil. Se perciben poco creíbles escenas como una en la que las hermanas de una de las protagonistas se enteran de su lesbianismo, poniendo los ojos como platos y diciendo: “¿Cómo? ¡¿Tu pareja?! ¿Una chica?”–. Además, se dedica una larga secuencia a minimizar los casos de machismo y abuso de poder que se viven dentro de la industria audiovisual.

Crítica de Un retrato de familia

Tampoco ayuda que el guion esté pobremente estructurado, conformado por una serie de coincidencias y diálogos unidimensionales que sólo están ahí para hacer tiempo hasta que todo termine. Es imposible conectar con los personajes y sus motivaciones, ya que no hay fondo. Precisamente, por la calidad del guion, las actuaciones se sienten acartonadas. El talento está ahí, pero el material que hay detrás no da para más, y eso es muy notorio. Incluso Humberto Zurita, quien se compromete fuertemente con su personaje, no puede sacar a flote el proyecto.

Pero tampoco hay forma. La edición es apresurada y carece de coherencia. Con cortes imprecisos y torpes, se intenta abarcar varias subtramas. Sin embargo, lo único que se logra es alargar situaciones que no abonan nada a lo que se estaba contando al principio. Por otro lado, la música, compuesta por Neil Damy, es la misma melodía repitiéndose una y otra vez en cada secuencia.

Esto, en conjunto con las interpretaciones, sólo funciona para hacer que Un retrato de familia tenga la calidad de una telenovela, una extraña película para televisión o, en el peor de los casos, una serie de viñetas o sketches de los programas menos exitosos de las barras cómicas de la televisión nacional en la década de los 90.

Humberto Zurita en la película Un retrato de familia.

Se agradece, eso sí, la fotografía de Gerónimo Denti, que con simétricos y llamativos planos generales, hacen lucir majestuosos al Centro Histórico de la Ciudad de México y al Palacio de Bellas Artes –dentro de una producción que, por lo menos, intenta darles importancia a otras zonas urbanas que casi no se ven en pantalla–. También es bienvenido un cameo extendido del cantante Miguel Ríos, quien interpreta su éxito “Santa Lucía” en una elegante versión al son del mariachi.

Por lo demás, Un retrato de familia, como un todo, no convence. Si se hubieran tomado sus buenas ideas filosóficas para presentar desde otro ángulo las dinámicas de los vínculos consanguíneos, no habría sido tan inverosímil. No obstante, sus discursos y manufactura son anticuados. No se arriesga nada y todo es superficial.

Esto es raro si se toma en cuenta que el director, Adrián Zurita, fue uno de los escritores de Nosotros los Nobles (2013), la cual, sin duda, estuvo mejor ejecutada. Ahí, las interacciones entre parientes sí son naturales y funcionan como núcleo de la trama. Aquí, de nuevo, se cae en el gastado tropo de “problemas de las clases altas”, pero sin nada detrás para justificar lo que se presenta.

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